Los pagos de Alpachiri te recibieron el 1º de marzo de 1923. Tus papás, Juan Pedro y Catalina, habían venido de las lejanas tierras del Volga. Eran gente de campo, que supieron hacer suyos, con su trabajo, el pago que los recibió. Generosos con la vida, le entregaron a este país doce hijos, de los cuales vos fuiste el penúltimo.
Porque te amaban te dejaron crecer, y tomar tus decisiones. Con un nudo en el corazón te dejaron marchar al seminario menor a los catorce años. En la despedida intuyeron un destino grande para vos, porque te dejaban en manos de Aquel que era el autor de todas las maravillas que contemplaron a lo largo de los atardeceres.
Por los mismos campos que fueron testigos de tu partida te vieron regresar un día con la sotana nueva, aquella que recibiste por primera vez en Morón, en 1941.
Con su mirada atenta, sus consejos en alemán y su corazón expectante acompañaron tu formación en Buenos Aires y Córdoba, mientras en tu interior se iba acrecentando tu amistad con Jesús.
 El Señor dispuso que te vieran sacerdote desde el cielo. Te acompañaron el día de tu ordenación, el 23 de noviembre de 1952, desde el mejor lugar: desde el corazón mismo de Dios que te hacía cura para siempre.
A partir de ese momento a vos te tocó ser padre, pastor, familia de un montón de jóvenes y de personas que Dios puso en tu camino. Fuiste sacerdote en Palermo, en La Plata, y en Almagro.
Por suerte para nosotros, en 1956 llegaste a estas tierras australes con la misión de mostrarnos el rostro amable de Dios. Los paisanos te vieron trabajar como uno más, a sotana y a caballo, arriando ganado, esquilando ovejas, trenzando el cuero y afilando el facón.
Los alumnos recibieron tu ciencia en el aula y tu espontaneidad en el recreo, haciendo llevadera la dolorosa experiencia de estar lejos de casa. Los más pobres y los más sencillos se sintieron interpretados por tu amabilidad y por tu apertura, y te buscaron para que bautices a sus hijos e hijas.
La gente de las estancias te reclamó para los casamientos y las fiestas. Verte llegar a caballo o en la camioneta a algún rincón perdido de la Isla era una fiesta para los ojos y el corazón, porque tu presencia exorcizaba la soledad y el abandono.
 ¿Cómo expresarte el cariño que esta gente te tiene? Nos gusta verte en el pueblo con la sotana, o en tu despacho “en camisa”. Nos gusta también compartir tus mates y “el agua bendita”.
Tu sonrisa nos obliga a sonreír, y tu fraternidad nos hace sentir cómodos. Cuando te vemos rezar en el silencio de tu despacho, o en las celebraciones públicas, se reaviva en nosotros ese deseo de Infinito que todos llevamos dentro, aunque a veces un poco escondido. Algunos datos importantes de tu vida:
En 1932 comenzaste la primaria en la escuela “Faustino Sarmiento”. Al año siguiente te trasladaste al colegio Don Bosco de General Acha. Sintiendo la punzada de la vocación en tu interior, hiciste el Aspirantado en Ramos Mejía y Bernal entre 1937 y 1940. Recibiste la sotana en Morón en 1941, y al año siguiente realizaste tu primera profesión religiosa. Los estudios de Filosofía te encontraron nuevamente en Bernal, hasta 1946.
Luego de tres años de ejercicio docente, fuiste a Villada, Córdoba, para estudiar teología. Ahí recibiste la ordenación sacerdotal el 23 de noviembre de 1952. Elegiste como lema: “Praesta meae de Te vivere”, (“Dame a mí el vivir de Ti”). Desde 1953 hasta 1955 estuviste en el colegio León XIII de Palermo, en el Oratorio San Miguel de La Plata, y en la Basílica de María Auxiliadora. A partir de 1956 viniste a Tierra del Fuego.  La mayor parte del tiempo ejerciste tu ministerio en la Misión Salesiana de Río Grande, aunque entre 1979 y 1984 el colegio Don Bosco de Ushuaia se engalanó con tu presencia. La ciudad de Río Grande quiso homenajearte el 29 de abril de 1992 con el título de “Ciudadano Ilustre” por Decreto Municipal 212/92. Fuiste también Vicepresidente de la Federación Gaucha de Tierra del Fuego. No hay persona que haya pisado la Isla y no haya escuchado tu fama.
“El cura para la gente... y no la gente para el cura”
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